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L año siguiente de la excarcelación de fray Luis, también a fray Juan de la Cruz –el más sublime poeta castellano– se le encierra en una oscura habitación de seis pies de ancho por diez de largo utilizada hasta el momento como evacuatorio por una sección de la comunidad toledana que lo había secuestrado.



Recuerda el maltratado prisionero versos del Cantar de los cantares de Salomón, y, de memoria, los va recreando a lo divino: "¿Adónde te escondiste, Amado, / y me dejaste con gemido?". Recostado en las tablas y mantas que los torturadores han instalado como lecho sobre el maloliente agujero del excusado, descubre en lo íntimo del corazón los latidos del Dios de la Vida. Y se deja seducir por los azules besos de tan fiel Amante:

Entrado se ha la esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobre los dulces brazos del Amado.

Deténte, cierzo muerto;
ven, austro, que recuerdas los amores,
aspira por mi huerto,
y corran sus olores,
y pacerá el Amado entre las flores.

Por una saetera de dos dedos de ancho desciende un hilillo de luz. En este nicho asfixiante como una tumba, sin permitirle ni cambiarse de ropa, se va deteriorando por nueve meses la salud de Juan. Pero, en místico sueño, viaja por interiores paisajes, embriagado del más puro amor:

En la interior bodega
de mi Amado bebí y, cuando salía
por toda aquesta vega
ya cosa no sabía,
y el ganado perdí que antes seguía.

Así, entre suspiros, nostalgias, éxtasis, amores, lágrimas..., brotará de su alma, como de una pradera, el Cántico espiritual, la más intensa exégesis del Cantar bíblico.

Trece años después, un 13 de diciembre de 1591, rodeado por la comunidad en su último lecho, minutos antes de subir al cielo a cantar maitines con el Señor, iniciaría el prior la lectura de la recomendación del alma. "Dígame, padre, de los Cantares, que eso no es menester", suplica afablemente fray Juan. Y, cuando le están leyendo los versículos del Cantar de los Cantares, comenta ilusionado: "¡Oh, qué preciosas margaritas!".

Mil gracias derramando
pasó por estos sotos con presura,
y, yéndolos mirando,
con sola su figura
vestidos los dejó de su hermosura.

El Cantar llevó a fray Luis a la cárcel. El Cantar salvó a fray Juan de la cárcel. ¿Y qué pasó con Teresa, universal Doctora? Que, entusiasmada con el Cantar ya desde las primeras fundaciones, fue redactando sucesivas Meditaciones sobre los Cantares. Pero, en 1580, a sólo dos años de su muerte, recibiría del padre Diego de Yanguas la orden de quemar todos sus comentarios al Cantar, cosa que realizó por obediencia en cuanto estaba en su mano.

Una simpática anécdota de la santa: refiere en sus meditaciones, bajo la leyenda bíblica "Béseme el Señor con el beso de su boca...", la inmadura reacción de algunas religiosas a lo largo de una plática de Jueves Santo :

"Me acuerdo oír a un religioso un sermón harto admirable, declarando de estos regalos que la Esposa tratava con Dios. Y huvo tanta risa y fue tan mal tomado lo que dijo, porque hablava de amor (siendo sermón del Mandato, que es para no tratar de otra cosa), que yo estaba espantada."

¿Por qué reían aquellas monjitas al oír hablar de amor en clave de erotismo? ¿Qué delito cometió fray Luis al traducir y comentar castizamente el original hebreo del Cantar? ¿Por qué envolvería a Juan de Yepes la nube del trance místico al recordar canciones de novios recostado sobre la vertical de un pozo negro? En una palabra: ¿qué hondos significados se descubren, también hoy, en los ardientes, mágicos coloquios del Cantar?

 
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