Sube
la luz a las palmeras |

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E
n una segunda parte, a lo fray Antonio de Guevara, frente a una pintura de ciudad
maniqueamente hostil, presenta un campo virgilianamente adorable. Riega el huerto
con amor. Todo se sabe, sin hipocresía, no hay secretos. Exalta la paz
del río, la luz de las palmeras, la fecundidad del pozo... Hay pavos para
la Navidad. "Lo que haya de venir, aquí lo espero..." Más
allá de la luz, que le emborracha como buen levantino, juega con los sonidos
(se le ve al ave el trino, aquí todo se sabe y se murmura, están
los pavos... explotando de broma en los tapiales), y los olores (el olor
del horno panifica el aire de los huertos, el azahar a oler, lucir y porfiar se
atreve / en el alrededor del limonero).
H e medio boquiabierto la soledad cerrada de
mi huerto. He regado las plantas: las de mis pies impuras y otras santas,
en la sequía breve de mi ausencia por nadie reemplazada. Se derrama,
rogándome asistencia, el limonero al suelo, ya cansino de tanto
agrio picudo. En el miembro desnudo de una rama, se le ve al ave el trino
recóndito, desnudo.
A
quí la vida es pormenor: hormiga, muerte, cariño, pena,
piedra, horizonte, río, luz, espiga, vidrio, surco y arena. Aquí
está la basura en las calles, y no en los corazones. Aquí
todo se sabe y se murmura: No puede haber oculta la criatura mala, y menos
las malas intenciones. N
ace un niño, y entera la madre a todo el mundo del contorno. Hay
pimentón tendido en la ladera, hay pan dentro del horno, y el olor
llena el ámbito, rebasa los límites del marco de las puertas,
penetra en toda casa y panifica el aire de las huertas. C
on una paz de aceite derramado, enciende el río un lado y otro lado
de su imposible, por eterna, huida. Como una miel muy lenta destilada,
por la serenidad de su caída sube la luz a las palmeras: cada
palmera se disputa la soledad suprema de los vientos, la delicada gloria
de la fruta y la supremacía de la elegancia de los movimientos
en la más venturosa geografía.
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